piccadilly / galería de arte

El Origen 2016
Exposición en Piccadilly, Galería de arte, Córdoba, Argentina
Maqueta del sitio específico sobre lienzo
Acrílico, sal y asfalto
100 x 100 x 10 cm.

RC maqueta el origen 40 x 15 cm 2016

El Origen 2016
Registro fotográfico de modelo para instalación
Centro Cultural Córdoba, Argentina
Inkjet print, Papel Harman Luster 260gr.
40×15 cm.
Edición 1 / 3 + AP

romi-39

El origen, composición de materiales, 2016
43% de petróleo, 57% de sal y film strech de plástico.
15 x 15 cm.

RC 4357 pintura 100x100cm 2016

43% de petróleo y 57% de sal / fotografía
Inkjet print, Papel Harman Luster 260gr., 100 x 100 cm.
Edición 1 / 5 + AP, 2016

romi-29

El origen, dibujo, 2016
Impresión de corte sobre policloruro de vinilo
37×37 cm.

Los procesos y las cosas
Texto por Emilia Casiva
Sobre la muestra de Samantha Ferro y Romina Castiñeira en Piccadilly, Córdoba

Piccadilly es un local vidriado desde el piso hasta el techo, en el que la luz de la ciudad entra inundándolo todo. Las obras, las paredes, los ojos del espectador, todo. Los directores de la galería, Constanza Chiappini y Emiliano Arias, explican que su interés está puesto en aquellas obras que apelan al “uso de la materia y la forma dentro del arte actual”. Sorpresa 1: la famosa desmaterialización del arte, se vuelve aquí celebración de formas y sustancias concretas.

Piccadilly organiza sus exhibiciones de a pares, es decir, invitando a dos artistas para que trabajen juntos. En julio de este año les tocó a Samantha Ferro y Romina Castiñeira. Ambas se valen de esta muestra para poner a funcionar ideas en las que ya vienen trabajando, un streap tease compartido de sus procesos creativos. En cierto modo, lo que están exhibiendo son los restos que quedan dando vueltas, las pulsiones diseminadas luego del ejercicio de quedar en cueros. Cuando llego al Cerro de las Rosas, después de dos bondis eternos, me están esperando afuera de la galería. Charlamos, y las chicas me cuentan que no se conocían de antes. Constanza y Emiliano dicen, o podrían haber dicho, que no hay par que por bien no venga.

I.
La maqueta sobre la mesa es lo primero. No es difícil reconocerla, se trata una versión modesta (en escala amable para el ojo) de la monumental instalación de sitio específico que Romina presentara en el Centro Cultural Córdoba (CCC) a principios de 2016, con curaduría de Carla Barbero. Una forma geométrica hecha de sal, plástico y asfalto. Aquella instalación se había llamado Te regalo la luz de este viaje hacia el centro, y ahora parece viajar, en tamaño xs, al norte de la ciudad. Más que secuela o segunda parte, un deslizamiento del cuadrado de elementos blanco y negro, en otro barrio y al mismo tiempo. Los directores de Picadilly no mentían al presentar sus preferencias: forma y materia es lo que cuenta acá, lo que regresa e insiste. La artista logra que estos dos principios hablen de sí, de la historia, y del arte. No por nada se trata de un cuadrado (de asfalto) negro, sobre fondo (de sal) blanco.

Conversamos de la maqueta, de los bocetos, de los apuntes, del registro. De todo eso que rodea al trabajo y que, sin ser jamás su resultado final, tiene también forma, materia y lógica propias. En un ensayo más o menos reciente, cuya mejor parte es el título (“La soledad del proyecto”), Boris Groys señalaba que la omnipresente puesta en juego de lo proyectual se ha convertido en una forma estética en sí misma porque “el arte ya no se manifiesta como un nuevo objeto de contemplación producido por el artista, sino como el heterogéneo marco temporal del proyecto estético que es documentado como tal”. Sin embargo, en el trabajo de Romina, ese marco, esa documentación, muchas veces toma la forma (ejem) de los viejos y queridos “cuadros”.
Veamos: en otra pared, hay una foto-del cuadro-del dibujo-de la instalación “original”, enmarcada en blanco. A su lado, del mismo tamaño y enmarcado en negro, un cuadradito de asfalto que, detrás del vidrio, se está llenando lentamente de hongos. “Mi sueño era hacer bioarte, y se me está cumpliendo sin querer”, cuenta Romina encantada. Hacia el fondo de la sala, hay otro cuadro pequeño (podemos decir “cuadro” porque está colgado en la pared y lleva marco, color madera esta vez). Es una deriva más de lo sucedido en el CCC, suerte de boceto de líneas negras tensadas sobre el plástico transparente, pero desplazado de toda utilidad. También están las fotos de la instalación “real”, y la de una instalación (otra) que la artista hizo en su casa a modo de ensayo. A Romina le gusta hablar de lo que hace usando la palabra “estudio”, dice que obra le suena antiguo, que es un concepto que lleva el adn de la modernidad demasiado pegado. “De todos modos, todavía no he podido matar a Sol Lewitt”, confiesa después. Como dice Hal Foster, vivimos en una resaca doble: la de la modernidad y la de la posmoderidad.

En cada una de estas piezas se encuentran el blanco y el negro, positivo y negativo. Levedad de la sal, que siempre está corriendo el riesgo de volarse, y asfalto espeso, solidificado, en cuyas profundidades duermen los fósiles de bestias muertas hace siglos. Finalmente, y desgajada de todo sentido, hay una instalación más, esta vez hecha de tubos de neón, como los carteles rotos de la vía pública, como las estructuras vacías de la publicidad. Pienso que todos estos dispositivos, juntos, componen una especie de lado B desengañado de todo hacer espectacular o hiperbólico, como aquel en el que la artista nos hizo hundir las patas meses antes. Paréntesis: en el CCC (por su monumentalidad, por los materiales que componen ese edificio gigantesco, por el rastro curatorial) era inevitable ver la instalación dialogando, como un espejo deformante, con lo que la escena artística de Córdoba había perdido, con lo que estaba dejando escapar. Pensados en tándem, como no puede ser de otra forma, estos dos momentos (CCC y Picadilly) dibujan la lógica quebrada de un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde. Parece que en los últimos años la escena cordobesa se estuviera haciendo cargo –a su modo y desde distintos espacios- de la oscilación contemporánea.

Mientras conversamos, veo que Romina acomoda con la uña un granito de sal que se ha salido apenas del cuadrado. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que esa forma, minuciosa, de que esos materiales exquisitos en su perfecta repetición, también hablaban de ella.

II.
Samantha fue diseñadora de modas, viene de bordar y coser fotos. Según la hipótesis de Romina, su compañera es quien traza una mirada femenina en relación a los elementos y materiales de la muestra, quien ofrece el gesto tenue. Es una artista que convierte sus procedimientos de trabajo (el bordado, el tejido) en otra cosa pero para exponer, por una ruta diferente, esos mismos procedimientos. Solo que los deja extraviados, desgajados de su destino. Lo que quiero decir es que quedan flotando y abandonados a su propia suerte.

Una mesa (igual a la de la maqueta de Romina) está cubierta hasta el piso por un plástico semitransparente cosido con hilo dorado. El plástico se sujeta a la mesa con un tensor ajustable de hierro, y detrás suyo se divisa la sombra, el fantasma de unas formas. Si uno se asoma por detrás, puede verlas: algunas plantas con pequeñas flores de estación rosas, rojas, azules. Asomarse por detrás es como poner del revés un bordado, como espiarle la trama oculta. En las obras de Samantha los recursos naturales y los artificiales trabajan juntos y se indiferencian. El bordado es, ahora, un pequeño invernadero que transpira.

Arriba de la pequeña instalación que componen la mesa, el bastidor de hierro, el plástico y las flores (es decir arriba del bordado) se suma una composición de fotografías de marco fino. Juntas, forman una presencia: se trata de una estatua, un cuerpo de mujer desnudo y rodeado de plantas, ofreciéndose al aire. Nos han dicho que toda estatua es, por excelencia, una forma portadora de tiempo. El plano en el que se forma esta estatua está cortado a la altura de los hombros y, sin embargo, la mujer nos mira.

¿Cómo le llamás a esto? le pregunto. “La mesa”, dice y señala con el dedo, “la foto”. En algún punto es sugestivo que la experiencia estética aparezca, nombrada por Samantha, en forma de cosas. Ni siquiera de obras, menos de relaciones: cosas (la mesa, la foto, el plástico). Nombrar a partir de la descripción elemental, primaria. No se trata del viejo “lo que ves es lo que ves”, clausura moderna de la ilusión, o huida de la expresividad. Samantha no hace uso de este lenguaje como una toma de posición sino que vive naturalmente en él. Como dice Georges Didi Huberman, en las expresiones tautológicas hay también una experiencia, una relación entre los objetos y su lugar, cuando el lugar ampara el encuentro subjetivo dado por esos objetos: “En el béisbol no sólo hay bates y pelotas, también hay un lugar en el que los jugadores se afanan para que los espectadores los miren”.

Samantha nos muestra el fantasma de algo vivo (las plantas, las flores) y detrás del fantasma, otra vez (como en los estudios de Romina) el proceso. ¿De dónde viene la fascinación por ese espacio intermedio, siempre proyectual, en suspenso, que (como todo fantasma) parece interminable? ¿Es una exigencia de la contemporaneidad hacia los artistas, como parecía insinuar Groys, o una forma de hacer que ya se nos volvió zeitgeist a todos? Quizás las dos cosas: una forma de hacer, que cruza afecto y pensamiento de manera singular en cada caso, ante y contra aquella exigencia institucional. En ese ring, cada uno hace lo que puede.

En la pared derecha, uno al lado del otro, hay dos telares idénticos que Samantha hizo con varillas de madera, y tejido de lino blanco. El primero muestra una trama de cruces simples y prolijos. En el segundo, esa misma forma ha sido desgarrada por el zarpazo, harto, apático, de la mano que teje. Los hilos le cuelgan, se abren, se anudan entre sí vencidos. Madera, lino, aire y angustia.

III.
Esta semana, un amigo me trajo de regalo un limón nacido de la semilla de un limonero de Horacio Quiroga. Nos empuja lo que resta, lo que insiste, lo que recomienza. El viento de las cosas, su proceso sin fin.

Registro fotográfico

Pablo Martínez

Press

Aniversario Piccadilly Galería de Arte
Exhibición de Romina Castiñeira y Samantha Ferro
Hipermédula
http://hipermedula.org/2016/06/aniversario-piccadilly-galeria-de-arte/

Inauguración y festejo en la galería Piccadilly
La Voz del Interior, por Verónica Molas
http://vos.lavoz.com.ar/artes/inauguracion-y-festejo-en-la-galeria-piccadilly

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